

Revista del Domingo, En Viaje. Diario El Mercurio, 11 de Nov.2001
Texto: Paula Andrade desde Las Bandurrias, Región de los Lagos
Fotografías:Juan Ernesto Jaeger
Françoise Dutheil vive sola en una isla remota del sur de Chile. Llegó a pie desde Argentina y decidió quedarse.
No fue fácil: trasladó los inodoros de los baños en una carreta y un armario del siglo 18 en una balsa, por dar ejemplos. La francesa es una pionera en la zona del río Puelo, aunque ella no lo admita.
Françoise Dutheil tiene 67 años y es poco menos que un mito. Cuando llegó a la isla Las Bandurrias, caminando desde la frontera con Argentina, los campesinos de la zona no lo podían creer:
Vine con mi carpa y mi perro y me planté. Había unos días increíbles. Aproveché de estudiar cómo era el viento, de dónde venía. Un día sentí el ruido de remos y vi a un señor. Era un carpintero que sabía fabricar de todo y que vivía en la otra punta del lago. Se bajó del bote, venía descalzo, y me dijo: "No podía creer lo que me habían dicho, que usted estaba acá. Vine a ver si era cierto".
Françoise Dutheil era La Gringa en ese entonces. Los campesinos la llamaban así. Era una mujer extranjera, rubia, bonita, mayor y con plata: un fenómeno, en esta zona cordillerana a la que se llega después de dos días de viaje desde Puerto Montt.
Ahora le dicen Señora Fran. Han pasado doce años desde que esta francesa nacida en París se instaló aquí. Ya conoce a todos sus vecinos. Tiene caballos, ovejas, chanchos, bueyes, vacas y un toro, en 230 hectáreas de propiedad.
En un año, Françoise construyó la casa en la que vive con la ayuda de aquel carpintero incrédulo. Años después levantó una cabaña contigua para recibir a turistas y también plantó una huerta y un pequeño jardín, con fucsias, menta, retamos y abedules.
¿Qué hace una mujer como tú sola en un lugar como éste?
Parece una locura, pero no lo fue. No soy una persona impulsiva. Lo pensé bien antes de venir. Siempre tuve el sueño de la montaña, del arroyo, de llegar a un lugar y decir "¡Ah! ¡Una casita! ¡Lejos!".
¿Una ermitaña?
Para mí estar sola es una necesidad, pero no soy una ermitaña. No es eso. Salgo cada seis meses para hacer mis compras y también cada vez que tengo ganas de ver el mundo. Lo que pasa es que no puedo estar con mucha gente durante mucho tiempo. Necesito decantar, volverme hacia mí reflexiona Françoise en el comedor de diario de su casa, que mantiene tibio gracias a una cocina a leña que también la provee de agua caliente, mientras afuera cae la lluvia del sur.
Asumiendo Puerto Montt como punto de partida, hay que viajar durante dos días antes de llegar a Françoise. Daría lo mismo si se hiciera sentado en un bus interprovincial o en una avioneta. Sería un viaje de esos que se imprimen en la memoria con el vigor de un día de oficina.
El derrotero a Las Bandurrias es una experiencia física, que excluye la cabeza. Básicamente, porque no hay camino y el sendero baquiano por el que hay que internarse exige mantener los cinco sentidos alerta. Y es duro.
Ya al tomar la Ruta 225 que sale de Puerto Montt y pasa por Ensenada, se penetra en la selva fría de la X Región. Aparecen los troncos tostados del arrayán, ulmos, lumas, alerces y coigües, muchos coigües que extienden sus ramas horizontales como si estuvieran dentro de un grabado japonés.
¡Vamos! ¡Suban! ¡Los estábamos esperando! conmina un botero que enciende el motor de la lancha y enfila directo hacia al Río Puelo Lodge, en el lago Tagua Tagua. Es apenas una escala. Un alto de mediodía, para tomar fuerzas, un pisco sour y probar el famoso salmón de la región.
En esta zona a todo le dicen salmón. A la trucha, salmón; al salmón, salmón. La invitación podría prestarse a equívocos, pero en este lodge que John Denver acostumbraba a visitar sirven salmón-salmón y cuentan que también se puede probar carne de jabalí, sabrosa y delicada para los afuerinos y bastante ordinaria para el paladar local.
El viaje continúa por el río Puelo rumbo al puerto Santo Domingo, una playa de arenas mezquinas. Es allí donde esperan cuatro caballos de silla, uno de carga (pilchero) y un baquiano a quien le dicen Llemo, por Guillermo. Entonces comienza a llover.
Hay que ponerse las capas de agua, ajustarse los estribos y salir cuanto antes. No quedan muchas horas de luz, advierte Catherine Bérard, la hija de Françoise que vive en Puerto Montt y trabaja como guía profesional.
¿Cómo es que Françoise Dutheil se vino sola por estos caminos? ¿Habrá tardado mucho en encontrar el sendero que lleva a Llanada Grande, el caserío principal de la zona? ¿Le habrá temido a los jabalíes y pumas que pululan montaña arriba? ¿Y en invierno? ¿Qué hizo cuando la nieve cubre por completo este valle cordillerano?
Después de casi tres horas de cabalgata se oyen las risas sordas de un grupo de niños. No se ven, se adivinan entre las sombras de la noche que rodean la Escuela Rural Capitán de Bandada Carlos Rodríguez, la única de la zona que funciona como internado.
Llanada Grande es el referente principal del sector. No tiene más de 300 habitantes, pero el hecho de contar con un internado y una pista de aterrizaje les da a los llanadinos un estatus especial.
Hasta ahora se han mantenido en relativo aislamiento. Salvo por la posta médica que llega de vez en cuando y un sacerdote que viene mensualmente, la gente de Llanada Grande vive en calma: aprovecha el microclima para cultivar higos, cerezas y nueces, esquila a las ovejas, y mantiene bajo control a la mosqueta, un producto de exportación que aquí crece como maleza.
Pero las cosas están cambiando. No sólo porque un hongo llamado morrile se exporta y los paisanos consiguen hasta 100 dólares por kilo, generando un clima de competencia entre las familias, sino porque la carretera que construyen varias cuadrillas de militares está bastante avanzada y casi llega hasta el pueblo. Después, se supone, conectará con Argentina.
Por ahora genera controversia, la clásica disputa entre quienes desean conservar un estilo de vida en equilibrio con el entorno y quienes pretenden insertarse en la civilización.
Françoise Dutheil era una adolescente cuando los alemanes hicieron prisionero a su padre en la Línea Magginot:
No lo vimos en ocho meses. Mi madre y yo pensamos que había desaparecido, así que nos fuimos a un campo que teníamos a sesenta kilómetros de Limoges, la ciudad donde vivíamos. Un día lo vimos llegar, con veinte kilos de menos. Le pasó lo que a todos: se quedó mucho tiempo sin comer.
¿Te marcó mucho la guerra?
Muchísimo. Vi cosas muy tristes, poco dignas de los hombres. Por eso nacieron mis deseos internos de paz y una repulsión muy grande a todo tipo de violencia.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, la familia Dutheil embarcó un DC-4, cruzó el Atlántico, se detuvo en Recife y aterrizó en Buenos Aires.
Comenzaba así la vida adulta de Françoise, que durante muchos años sería delineada por el estilo disciplinario de su padre, médico.
Incluso estudió medicina durante cinco años pese a que lo suyo eran las esculturas, la pintura, las artes. Muy pronto se casó, tuvo a sus hijos Philippe y Catherine y mantuvo un estilo de vida burgués no demasiado distinto al que hubiera tenido en Francia.
Vino el quiebre: se separó y se puso a estudiar en un instituto de fisiología vegetal para aprender a cultivar plantas libres de virus. "Eso me llevó a El Bolsón, donde el clima era el que necesitaban las plantas. Agarraba el auto y hacía dos mil kilómetros en compañía de mi perro. Esa fue mi alegría durante años, ir y venir, escaparme de la ciudad", recuerda esta mujer que arrastra la erre como francesa y enfatiza la y griega como argentina.
Finalmente, Françoise se trasladó a El Bolsón, construyó su primera casa y poco a poco se fue desprendiendo del almidón mental de la ciudad:
Trabajé mucho porque igual que ésta, la casa estaba en la costa de un río. Era tierra mala, saqué mosqueta, planté y trabajé con una señora en telar. Nos hicimos super amigas y mientras tejíamos me contaba historias de acá, porque sus papás eran de Llanada Grande. Decía que me iba a encantar, que teníamos que venir.
El Bolsón del año 82 era tranquilo. La francesa no era la única extranjera avecindada; de hecho, muchos afuerinos llegaron con propósitos color de rosa ("planto lechugas y miro los pajaritos"). Pero lo cierto es que la ciudad hippie del sur argentino fue creciendo, empobreciéndose y vulnerando esos equilibrios internos que en algún momento la hicieron atractiva.
La primera vez que Françoise cruzó desde El Bolsón hacia Chile lo hizo a pie. Su amiga, Sonia, la tejedora, iba a caballo. Se internaron por la selva fría, cruzaron el paso fronterizo, recorrieron treinta kilómetros, hasta que en un momento la francesa se sentó y concluyó: "No pienso dar un paso más. Yo me quedo aquí".
Vendrían varios viajes más, ahora a caballo: "A la noche los pobladores, los pocos que hay por acá, nos mostraban su hospitalidad. Es gente que no te conoce y que te da todo lo que tiene, por ejemplo, la mejor pieza para dormir, ¿entiendes? Esas actitudes me reconciliaron con muchas cosas, entre ellas con el género humano".
Los acontecimientos siguientes se hilvanaron con naturalidad: La Gringa le compró el campo a un paisano, contrató a un cuidador, reparó en que mantener una casa en El Bolsón y otra en el lago Las Rocas era caro, y optó finalmente por trasladarse, con camas y petacas:
Siempre digo que en mi familia somos como tortugas, que llevamos nuestras cosas a cuestas. Para mi madre fue difícil acostumbrarse a Buenos Aires, porque dejó todo cuando ya era una mujer grande. Por eso resolvimos hacer venir los muebles que teníamos en Francia. Los mismos que ahora están repartidos aquí, en la casa de Cathy y en la de Phillippe.
La Gringa tenía un armario francés del siglo 18, que había pertenecido a la familia Dutheil por generaciones. Resolvió traerlo al lago.
¿Cómo? Atado con lazos a una balsa, que lanzaron por los rápidos grado 4 de la frontera (ver infografía).
"Después del segundo rápido se forma un río caudaloso y yo iba corriendo por la orilla, riendo a carcajadas, por unos dos kilómetros, para esperar lo que iba a llegar. Al final la balsa estaba destartalada, pero no se perdió nada. ¡Nada!", recuerda alegremente quien entonces todavía era La Gringa.
Después, en Puerto Montt, contrató varios vuelos charters para trasladar a Llanada Grande la infinidad de cosas que hay en su casa, desde 500 kilos de vidrios hasta ¡un inodoro! ¿Y entre Llanada Grande y la isla? Los artefactos sortearon esos 16 kilómetros arriba de una carreta y luego en bote. Una verdadera hazaña.
La Señora Fran lleva a la mesa quiches y pizzas que ella misma prepara. Descorcha un Malbec y sirve té Twinnings con la misma destreza con que teje en telar o prepara piernas de jamón. Y como radioaficionada, en una época se conectaba a la Rueda de la Amistad, que todos los días a las dos de la tarde une a quienes como ella viven desperdigados en la zona sur de Chile.
Amanece en Las Bandurrias. El sol surge en medio de las montañas azules, dibujando un iris resplandeciente en la superficie del lago. Las gualas aletean. Todo parece vibrar, tanto el cielo como esa masa verde que forman los árboles:
No podés no ver esa energía, esa fuerza. Hay que aprender a ver la naturaleza, las cosas que con el ritmo de la ciudad no mirás más. Por eso este lugar no admite a gente que no sea linda. Lo notás al tiro. Por ejemplo, a alguien que no le gusta la naturaleza le sale urticaria el primer día.
¿Y cuando no vienen turistas? ¿Cómo pasas el tiempo?
Aquí el tiempo se mide de otra manera. Siempre hay cosas que hacer: la huerta, los gatos, la leña, el telar, la radio. Ahora me van a traer una antena para conectarme a Sky. Y están mis libros. Meterse a un libro interesante es como meterse en el túnel del tiempo. Tengo libros históricos, de la Patagonia, de los pioneros.
¿Los pioneros?
Claro, los pioneros. Estoy conociendo la vida que los pioneros hicieron hace muchos años y en condiciones mucho más difíciles que las mías.
¿Y tú? ¿Eres una pionera en la zona del río Puelo?
No. No me siento como una pionera. Me siento con la gracia de haber conseguido algo importante: mi libertad.